POR ESTA RUTA HACIA LAS ESTRELLAS:

REALIDADES Y VOLUNTADES

 

Leccion Inaugural Año Lectivo 2006

Universidad Nacional Autónoma de León, Nicaragua

 

 

            Me presento a ustedes como un amasijo de palabras que buscan coherencia. Este afán en vez de esclarecerse se enturbia cada día, pues el mundo en su globalidad y nuestro país, en su particular dimensión, se parecen cada vez más a una Torre de Babel. Hablamos y nos escuchamos pero las palabras que usamos para definirnos provienen de prácticas diferentes y sus significados, por tanto, abandonan la cómoda seguridad de los diccionarios, para convertirse en acertijos, en acepciones abiertas a la conveniencia de antojadizas interpretaciones.

            De por sí, nuestra historia, desde la llegada de Colón a América en 1492, está signada por la pérdida de la palabra, por el dolor de la conquista mediante la cual fuimos obligados a entendernos en el lenguaje foráneo del Conquistador.

Trato de expresar esa intermediación cultural en un poema del cual extraigo el siguiente fragmento:

 

He oído lengua de mis antepasados en sueños.

He visto sus figuras en habitaciones confusas,

que sólo puedo nombrar con el habla ajena

de quienes para siempre los confinaron

a la región de las sombras.

No entiendo sus palabras,

pero en los sueños se alargan como palmeras,

brillan como las plumas del Quetzal.

¿Cómo habrán sido los mercados en Tenochtitlan,

el pregón de los vendedores de penachos de papagayo,

la voz de la mujer ofreciendo quequisques o yuca,

la sombría voz del vendedor de papas?

¿Con qué palabras sonando a río o aguacero,

se declararían el amor el héroe del juego de pelota

y la muchacha dulce con las cestas de jipijapa?

Las palabras de los pueblos se parecen a sus montañas

y a sus lagos,

se parecen a sus árboles, a sus animales.

¿Cómo sería la lengua que hablaría de los ceibos

y los jaguares,

de la luna incandescente y ecuatorial,

de los volcanes erectos?

He oído la lengua de mis antepasados

en sueños.

En habitaciones confusas que sólo puedo describir

con la lengua del despojo.

 

            Pablo Neruda decía, sin embargo, que esos bárbaros que llegaron a América arrasándolo todo, fueron dejando a su paso como guijarros brillantes, como gemas de encendidos colores, las palabras del español, de esa lengua magnífica que, según él, fue el bien con que los invasores se redimieron de la debacle en que hundieron a nuestros antepasados.

            Como dije, yo sólo he oído en sueños la lengua de mis antepasados y ante esa irremediable realidad, celebro igual que Neruda, que nos hayan dejado al menos el español. Aunque no soy hombre, me alegro de contestar con una negativa aquella pregunta de Darío: “¿tantos millones de hombres hablaremos inglés?”

            Es entonces ese español heredado de la Colonia y la violencia, pero hermoso a pesar de ello, con el que nos entendemos y desentendemos en este triángulo de tierra que es Nicaragua. Estamos construidos, por tanto, como identidades y como nación sobre esa contradicción; una contradicción que vivimos a diario en la hechura de nuestra realidad.

            Soy poeta, pero también novelista. Con frecuencia me preguntan si es que me pasé de la poesía a la novela, (como si se tratara de una mudanza con muebles y todo…). Contesto que la poesía me asalta y ocupa con una espontaneidad que trasciende mi voluntad; que nunca me he sentado ante la página en blanco a invocar la visitación de las palabras. Si la poesía tiene para mí el sabor de una emboscada de mis propios sentimientos, la novela en cambio me convierte en estratega de una larga campaña en la cual debo actuar como generala de mis ejércitos de letras, colocando mis piezas: la infantería, la artillería, para incursionar en el territorio hostil de la desbocada imaginación y obligarla a rendirse ante mis recursos hasta lograr aprisionarla entre dos lomos, para que sea libro y cuente la historia que yo he querido contar.

            En el proceso, pues de escribir una novela realizo un acto de suprema voluntad para crear a punta de palabras, la realidad; una realidad que, sin más instrumentos que el lenguaje, la gramática y la imaginación, se puebla de personas, de paisajes, de conflictos humanos y llega, por obra y gracia de la necesaria disciplina del escritor, a incorporarse a la vida y a convertirse en un ente vivo capaz de mantener en vilo o en vela a un lector o una lectora, y de hacerle sentir que las vidas de esos personajes ficticios no son irreales, sino que se parecen –si hago bien mi trabajo- a la experiencia o a los ecos de otras experiencias conocidas.  Se produce entonces ese hermanamiento entre fantasía y realidad que, gracias a mi voluntad, deviene en una construcción nueva de posibilidades que permiten a quien lee imaginarse tal o cual suceso desde otra perspectiva, desde los ojos de otro u otra.

            Mario Vargas Llosa, en su ensayo sobre García Márquez: Historia de un Deicidio, escribió que el escritor al construir una obra de ficción, suplanta a Dios y se convierte en un Deicida.  Aunque nunca he tenido esas ínfulas, sí creo que hay un acto de demiúrgico en la creación de esos mundos que existen sostenidos únicamente por redes de palabras.

            Pero yo voy más lejos aún: creo los escritores no hacemos más que reflejar como bruñidos espejos lo que a diario sucede a nuestro alrededor, la constante creación y recreación de la realidad en la que todas y todos participamos. Pero hay que decir que el lenguaje escrito, la palabra, al llevar a cabo esa representación de la realidad incide en su transformación. La palabra, aún en la ficción, aún en las novelas, contribuye a convertir lo imaginado en posible. Hay un efecto muy curioso, una relación interdependiente entre la acción del ser humano de visualizar una realidad y la creación de esa misma realidad. Los escritores actuamos a menudo como profetas porque al escribir lo imaginado como real dotamos a los que nos leen de una VISION, los dotamos de una referencia visible de eventos y escenarios futuros. Y con ese acto, sembramos en las conciencias los paisajes de realidades posibles que luego incitan a las personas a convertirlas en realidades tangibles.  Siempre me ha impresionado, la historia de Julio Verne. A los once años, su espíritu aventurero lo llevó a intentar embarcarse en un barco con destino a la India. Su padre se dio cuenta, lo encerró, lo puso a pan y agua y le hizo prometerle que, en adelante, no viajaría más que con la imaginación.  ¿Y qué hizo Julio? Imaginar. Y todo cuanto imaginó se ha hecho realidad. Miren por ejemplo esta nota en su biografía:

 

En 1856 fue publicada una novela que anticipó detalles de la que ciento trece años después sería la primera misión espacial en pisar la Luna. La forma e incluso las dimensiones de la cápsula espacial, el lugar de lanzamiento, el país que habría de lograr el triunfo y el que sería su competidor más directo: Rusia; la falta de gravedad, las trayectorias que seguiría el artefacto y su órbita alrededor de la luna, el sistema de corrección de trayectoria por medio de cohetes, e incluso la forma y lugar de regreso: la novelesca narración termina cayendo al mar en un lugar situado a cuatro kilómetros del lugar en que amerizó la primera tripulación en realizar una órbita lunar, el Apolo VIII. La novela, "De la Tierra a la Luna". El autor, Julio Verne.

 

“La Creación”, decía Pablo Antonio Cuadra, no es algo que sucedió “allá” en el principio y luego cesó, sino un hablar que no cesa, un diálogo vivo y permanente. Tener oídos para ese diálogo es penetrar un poco al Paraíso, recuperar en cierta manera el Edén.

            Más que creado, dice Pablo Antonio, el mundo fue hablado por Dios…”

            Ciertamente que aún en las mitologías americanas, el ser humano aparece como una acción verbal. Si en el Génesis se afirma que “En el principio era el Verbo”, en la historia de la creación del Popol Vuh, se dice que:

 

            No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia.

Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.

            Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la obscuridad, en la noche, y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento.

            Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre.

 

            (Y la mujer, diría yo, si no, no habríamos tantas.)

            De manera que la palabra se sitúa en el vértice de este constructo que habitamos y que llamamos vida, y que llamamos Tierra y que llamamos hombre y que llamamos mujer y que llamamos sociedad.

            Y la palabra se sitúa en la fundación de este edificio, de esta institución que llamamos Universidad y que, en su origen, en el siglo XIII, se formó como un gremio de personas interesadas en el saber, un ente corporativo de alumnos y maestros, abierto a todas las clases sociales. Me parece curioso mencionar, puesto que estamos hablando de palabras que no había una relación semántica inicial entre “Universitas” y “Universale”, pues “Universitas” significa “agrupación de personas”. Fue el desarrollo mismo de las universidades lo que les confirió un carácter universalista en el sentido de entidad que abraza el saber sin distingos geográficos y lo comunica a una comunidad diversa en todos sentidos. Era el saber adquirido el que otorgaba, inicialmente, nobleza o gentileza. Boecio se expresó así de este hecho: "es gentil quien ha estudiado largo tiempo en París, no para vender después su ciencia al menudeo, como hacen muchos, sino para saber la razón de las cosas y su causa".

            O sea que,  desde el inicio, ha existido en la concepción de las Universidades una tensión. Paul Ricoeur decía: "Si bien se considera el funcionamiento de la universidad en todos los países, aparece claramente la idea de la universidad de la libertad o liberal, de una parte, y la función de la universidad cuasi servicio público de otra. Estos constituyen los dos polos entre los cuales las universidades del mundo se encuentran modernamente tensionadas”    

            Y dice Jaime Escobar “Es que en una u otra forma, plenamente conformados los Estados modernos a partir del siglo XIX, con diverso arbitrio buscaron usar el poder del saber, que es la universidad, para el fortalecimiento de su poder político”.

            Situando esta dicotomía en nuestro mundo actual regido por los intereses neo-liberales del gran capital y de los grupos de poder, llegamos también a la discusión sobre si la función de la Universidad es la de educar o la de instruir. Si en un país como el nuestro de lo que se trata es de producir técnicos y profesionales con metas puramente individuales o si la Universidad, ahora más que nunca, debe dedicarse, citando al filósofo español Fernando Savater,  a la formación del alma y el cultivo respetuoso de los valores morales y patrióticos, que siempre ha sido considerada de más alto rango que la instrucción.” Savater acepta que la "proporción de estima" viene inclinándose en favor de la mera instrucción que garantice en tiempo corto rendimientos laborales que abran las puertas al rápido y fácil poseer.

            Yo me inclino por pensar que, en nuestro país no podemos dejar que el pragmatismo prive absolutamente sobre la vida universitaria, porque nos estaríamos encaminando a la entronización de un estado de cosas donde pondríamos nuestra alma, nuestra palabra y nuestro potencial humano, en una total dependencia con el capital transnacional que aspira a convertirnos en robots sin conciencia, ni capacidad de análisis crítico, para que poblemos las maquilas. En este esquema de división del trabajo mundial, a cambio del pan, les estaríamos vendiendo nuestras conciencias.  Pero no son sólo las transnacionales las que prefieren adjudicarle una función meramente técnica a la Universidad: los poderes políticos también tienen objetivos propios de dominación que las conducen a temer el papel crítico que ejerce la Universidad en la formación de las conciencias.

            Ese esquema amenaza frontalmente la idea de Universidad como generadora de libertad.  Este principio de libertad, como necesidad propia del quehacer universitario, fue la razón por la que las Universidades reclamaron para sí la autonomía, desde que dejaron de depender de la jerarquía eclesiástica para la aprobación de sus títulos y escrituras de constitución, y  se consolidaron a la par de la institucionalización del estado moderno en los siglos XVII y XVIII.

Y es que la libertad y la palabra, que se concibe como un instrumento de creación, van de la mano.  Y puesto que la Universidad se ha concebido a sí misma como dadora y generadora de saber, a través de un debate de ideas que no puede producirse  más que un ambiente exento de presiones e intereses externos, la Universidad requiere de su autonomía igual que el pez requiere del agua para nadar.

            Y esa autonomía no se puede o debe entregar, ni a los imperativos económicos, ni a las agendas de los poderes políticos, sean estos estatales o estructurales.  Porque la Universidad cumple. por su propia esencia, una función clave dentro de la sociedad. Es el Alma Mater de la inteligencia colectiva, la instigadora del espíritu crítico y de la disciplina intelectual de la juventud que concurre a sus aulas.

            No hay nada más amenazante para cualquier intención autoritaria que la vocación de libertad que es propia del conocimiento y que es el único aire en el que las palabras pueden ser ese instrumento creativo capaz de generar realidades distintas y sueños que devuelvan al ser humano la plenitud de su humanidad. 

            Como poeta, como mujer, como ciudadana del mundo e hija de esta tierra que está plantada en mí como un volcán cuyo magma es mi sangre, siento por esto la urgencia, la angustia de plantear ante ustedes, que transmiten y reciben conocimiento, la percepción que tengo y que, a diario compruebo, de que estamos en un período crítico. No es solo que en nuestro país la pobreza alcance niveles intolerables, que las desigualdades sociales se acepten con pasmosa pasividad como si estuviésemos en tiempos de la Colonia, y que cada día este país se separe más en extremos, por un lado de opulencia y por el otro de abyecta desesperanza; es que hemos entrado en un período donde la realidad se falsifica y donde las palabras se usan, no para la libertad, sino para la peor de las opresiones: la del miedo y el engaño.   Y ese miedo y ese engaño son consecuencia de una larga labor de asfixia del análisis crítico de la población a quien más que educar, nuestros políticos han visto a bien manipular con consignas trilladas, enardeciendo sus temores. Utilizando códigos que, a través de técnicas repetitivas, imprimen en las conciencias usando los métodos que Pavlov probó con perros, no buscan la aprobación consciente de sus políticas, sino las reacciones propias de una sicología de masas que, como ya se ha visto en la historia de la humanidad, es capaz de llevar a pueblos enteros a convertirse en cómplices de lo inimaginable.  

            Las dictaduras son terribles. Es cierto. Pero yo me pregunto si no puede ser tan terrible el espejismo de la libertad. La realidad que vivimos hoy en día me hace pensar, como dije al principio, en la Torre de Babel bíblica. Cuando aquí nos liberamos del somocismo, fuimos quizás como esos obreros a los que se refiere el Antiguo Testamento, que quisieron demostrar su orgullo construyendo un edificio tan magnífico que hiciera palidecer al mismo Dios. Pero mientras unos sentíamos que éramos el pueblo celebrando conquistas y emprendiendo grandes tareas, para otros nuestras palabras sonaban amenazantes porque los excluían, porque los ponían ante la disyuntiva de aceptar la realidad que nosotros considerábamos verdadera, o ser considerados deleznables vende-patrias.

            Desde entonces, quizás, nuestras lenguas se confundieron, como les pasó a quienes laboraban en la Torre de Babel.

            En 1990, cambiamos de constructores y se anunció con bombo y platillo el advenimiento de la democracia y la recuperación de la libertad para quienes sentían que la habían perdido. Gracias a la intervención de la única mujer que ha regido los destinos de este país, hubo un momento en que, a pesar de no pocos errores, experimentamos la posibilidad de un consenso social en la arena política que, desafortunadamente, no se expresó de la misma manera en términos de la economía. Sin embargo, desde 1996 en el Gobierno de Arnoldo Alemán, y más claramente desde el pacto del 2000 y el establecimiento del bi-partidismo, la ruta de nuestra incipiente democracia se perdió en el intento de dos partidos de copar las instituciones y adquirir sobre la vida del país una influencia tan absoluta que no estuviese sujeta siquiera a la intervención popular a través del voto. Esta nueva Torre de Babel se diferencia de la primera, a mi juicio, porque ya no existe como resultado de fallidas o inmaduras buenas intenciones de los jóvenes luchadores anti-somocistas que, al fin y al cabo, habían expuesto sus vidas para demostrar su compromiso con un sueño. Esta Torre de hoy, del 2006, es un edificio de espejismos legales, jurídicos e institucionales, creados conscientemente para conservar la apariencia de legalidad y gobierno, bajo una enredada trama de palabras que, sistemáticamente, han sido desprovistas de contenido.  Actualmente, poco o nada del discurso con el que se nos trata de presentar la realidad, tiene algo que ver con lo que en la práctica sucede tras las puertas cerradas o los contubernios que se hacen y deshacen en la sombra.

            Así ha sido como la palabra “pacto” que, significa en el Diccionario de la Real Academia: “Concierto o tratado entre dos o más partes que se comprometen a cumplir lo estipulado”, se podría redefinir en Nicaragua como:  “instrumento por el cual se somete la estructura institucional de un país a la malversación de su democracia a través de la voluntad de dos partidos que se disputan cuotas de poder”

            Es así que, mediante esta voluntariosa resignificación de la palabra, se ha aplicado en nuestro país la máxima de Maquiavelo de que “el fin justifica los medios”. Sólo que la frase se ha situado, de nuevo, fuera de contexto y sin asomo de la moralidad o ética que su autor se preciaba de tener.  Estas viciadas maneras de nombrar, son las que ahora imponen a la realidad su color de camaleón. Es así que vemos a personas diciendo o incluso siendo una cosa un día, sólo para cambiar de contenido y hasta, al parecer, de esencia, al día siguiente. Cambian como mejor les parece, pero a los que, por objetar semejantes prácticas, en pleno uso de su libertad de conciencia, los abandonan o se cambian de bando, los califican de “traidores”.  Se demuestra entonces que la facultad creativa de la palabra puede también engendrar monstruos cuando se somete al  voluntarismo utilitarista con su práctica de acomodar leyes, instituciones y discursos, a su gusto y antojo.  Así es como se produce la depravación de la cultura. Así se  convierte nuestra cotidiana existencia en un pantano donde el plomo flota y el corcho se hunde.

            He podido observar de cerca en los últimos años la construcción de una de las mentiras más flagrantes y sangrientas de este siglo: la del gobierno de George W. Bush para justificar su intervención militar en Irak.  Soy comunicadora de profesión y puedo detectar con bastante acierto los modos con que en nuestro mundo moderno se disfraza la realidad para generar estados de opinión. Puedo decirles que jamás he visto un esfuerzo tan orquestado y maquiavélico como el de esta administración norteamericana para inducir a su pueblo a pensar que sacar a Saddam Hussein era esencial para proteger su país de la peor de las amenazas: un ataque con armas nucleares. Usando el miedo, las medias verdades, la repetición, la construcción de pruebas falsas, la tergiversación de los informes de inteligencia, George Bush justificó lo injustificable y sumió a Irak y a su propio país en un marasmo cuyas consecuencias siguen cobrando vidas y desestabilizando al mundo entero.  Pero es más fácil ver la paja en el ojo ajeno. Muchas de esas mismas técnicas mentirosas dirigidas sobre todo a ciudadanos sencillos, cuyo nivel intelectual no ha tenido la ventaja de pasar por la Universidad, y cuyas vidas aún son regidas por conocimientos mágicos o por la información fragmentada e incompleta que se transmite por los medios masivos, he visto yo usadas aquí en Nicaragua, para justificar maniobras políticas y hacer creer a la gente que se actúa en su beneficio. Desafortunadamente, la tela de enredos y subterfugios que se ha tejido alrededor de nuestra supuesta libertad es de tal magnitud que se requiere más tiempo, conocimientos y manejo de los entretelones del que es accesible a la mayoría de nuestros conciudadanos, para poder medir adecuadamente el tamaño de la telaraña en el que está suspendido

nuestro presente y nuestra mal llamada democracia.   

            Lo podrido tiene, sin embargo, su propia manera de evidenciarse, y este pueblo jamás ha carecido de olfato para detectar la carroña.

            De allí que exista una percepción generalizada de cómo el manejo viciado del estado y sus instituciones ha causado un efecto nocivo y corruptor sobre el resto de la sociedad. De allí que muchos de nosotros nos hayamos percatado de que así como somos capaces de crear mundos hermosos a través de las palabras, las palabrería nociva, mentirosa y vacía, tiene también el poder de entramparnos en realidades engañosas faltas de ética y de principios.  Esas palabras –porque emanan de los poderosos- tienen el riesgo agregado de convertirse en un estado de cosas rígido. En la medida en que nos convenzan de que esa realidad es la única posible, y que somos impotentes de cambiarla, pueden hacernos perder la noción de la fuerza colectiva y hacernos creer que la pequeñez individual de cada uno de nosotros no puede competir con ese edificio, con esa Torre de Babel de lenguas confundidas.

            Pero henos aquí en la Universidad Nacional Autónoma de León, creada en 1816, Alma Mater de magníficas mentes, cuna de rebeliones, almácigo de sueños. Muchos han creído y quizás hasta hayan pensado que se le puede poner el cascabel a este gato, pero yo prefiero pensar que, como decía el primer lema que tuvo la UNAN, “por esta ruta hacia las estrellas”. Si algo hay cierto, y lo ha demostrado la historia, es que el conocimiento es generador de libertad y que una mente abierta, curiosa, sin miedo a interrogar y a interrogarse, difícilmente, por muy duras que sean las condiciones que la rodeen, dejará de soñar otras realidades y de plantearse maneras para alcanzarla.   Pero las aspiraciones necesitan respaldarse con acciones y las acciones que se demandan de nosotros todos y de esta Universidad en particular, es que demos la lucha por la recuperación de la palabra, de la cultura digna, limpia y de progreso. La tendremos a nuestro alcance en la medida en que comprendamos el corral en el que estamos metidos y decidamos saltar su encierro y salir, palabra y libertad en ristre, a cabalgar hacia esas estrellas que el saber y la conciencia nos ofrecen.

            Las divisiones ideológicas y políticas son inevitables en una institución que predica el conocimiento y que, por su universalidad, expresa distintas visiones de la realidad. El gran rector Mariano Fiallos Gil ya decía que en la Universidad caben todas las tendencias y modos de ser.  La pluralidad de pensamientos  forma parte de la vida universitaria y es sana y necesaria, siempre y cuando vaya acompañada de tolerancia, siempre y cuando las autoridades, el cuerpo de profesores y las autoridades estudiantiles se guíen por el concepto de “universitas” y se consideren parte de un conglomerado que busca constantemente la verdad por la vía de la ciencia, del análisis y de la razón.

            Esa libertad de pensamiento y palabra que debe existir y propagarse desde la Universidad tendría, a mi manera de ver, que jugar un papel crucial es, en este momento de nuestra historia y es por eso esencial que esta Universidad conserve su autonomía real y se deba a la palabra verdadera, a los principios humanistas y a la libertad de nuestro pueblo.

            Decía Goethe que sólo merece la libertad y la vida quién a diario sabe conquistarlas. La conquista de la libertad intelectual es, sin duda, un desafío constante. Mantener una posición vital que asegure que pensemos por nosotros mismos y no lo que alguien piensa que deberíamos pensar requiere no sólo de valentía, sino de responsabilidad. Hay que saber, en primer lugar, quién es uno y por qué piensa cómo piensa. “Conócete a ti mismo” decía Sócrates. Hay que saber que uno tiene el derecho de dudar y que la duda puede ser tan respetable como la certeza. Hay que conocer, hay que leer, hay que prepararse para que nuestras opiniones sean realmente la expresión de un razonamiento informado.

            A menudo, el ímpetu y la prisa por vivir conspiran contra esta necesidad de balance entre la percepción colectiva y la intuición individual, por eso es que ustedes, jóvenes que inician este año lectivo del 2006, deben luchar sin descanso por el estudio que los lleve a devolver a la palabra sus significados creadores y liberadores. Deben aspirar a lo ideal sin miedo, sin realismos que los atrapen en una realidad chata y sin esperanzas.

            La palabra es el cincel con el que la humanidad construye su historia. Pero para que esa construcción se lleve a cabo es necesario que el motor de ese cincel sean los sueños y las aspiraciones. Y esos sueños y aspiraciones no pueden referirse solamente a lo individual. Somos sólo eslabones en una larga cadena generacional y no podemos obviar el hecho de que lo que hagamos hoy va a marcar el futuro de nuestros hijos y nuestros nietos. Por eso no podemos detenernos solamente en lo factible, debemos aspirar a lo ideal.  

            En la Nicaragua de hoy, si lo ideal no es alcanzable, se descarta. Se le atribuyen ilusiones perniciosas. Se le cubre de burla, o en el mejor de los casos, escepticismo. Pero preguntémonos: ¿Qué pasa si se altera esa perspectiva? Si lo ideal y lo real se consideran valores necesarios en una dinámica infinita de encuentros y desencuentros. Si se piensa que es imprescindible que exista el uno para el movimiento ascendiente del otro. ¿Por qué descartar lo ideal…? Por qué descalificar el valor que tienen los sueños? Es en la búsqueda de sueños que la humanidad se ha construido. En la tensión perenne entre lo que puede ser y lo que es estriba el crecimiento.

            En mi novela Waslala, hay una carta de la que quiero citar un fragmento.

La escribe uno de los personajes, Engracia, sabiendo que va a morir. Habla de Waslala, que en la novela no es el lugar geográfico, sino una utopía construida por un grupo de poetas.  Melisandra es la destinataria de la carta:

Escribe Engracia:

            “Quizás Waslala nunca llegó a ser el ideal que nos propusimos, es lo más probable, pero la vida me ha convencido que la razón de ser de los ideales no está necesariamente en su realización, si no en darle al ser humano el desafío, la meta, la alegría que sólo puede existir si pensamos que somos capaces de transformar nuestra realidad y alcanzar un mundo donde podamos ser bienaventurados y donde ni yo, ni Morris, ni mis muchachos, ni tantos y tantos, tengan que morir y vivir entre los desechos y los despojos. ¿Por qué no nos vamos a permitir la libertad de soñar esto, Melisandra? Aceptar que los ideales son inalcanzables y no ameritan nuestro esfuerzo quizás nos permita tranquilizar nuestra conciencia y admitir la impotencia de no poder cambiar las tristezas e injusticias de la vida, pero esto nos conduciría también a negar nuestra responsabilidad y a resignarnos a no poseer nunca la euforia de haber creído en nuestras aspiraciones más profundas y haberlas realizado, por muy efímero, limitado y falible que el esfuerzo haya sido. Más que nunca estoy convencida que en la capacidad de imaginar lo imposible, estriba la grandeza, la única salvación de nuestra especie.

Mi única advertencia es la siguiente: No permitás que la idea, el sueño, se vuelva más importante que el bienestar del más humilde de los seres humanos. Ése es el dilema, el acertijo, el desafío que te dejo, que muero soñando algún día podamos resolver.

 

            Yo también termino dejando esta reflexión para ustedes.

 

 

León, 9 de Marzo, 2006