
“Mujer
y Mundos Posibles”
Conferencia
dictada en la Apertura del V Encuentro Internacional de Escritoras Clara
Lair con Julia de Burgos en San Juan, Puerto Rico, el 30 de abril de
2003 Confieso
que en este momento me siento como una estratega de vocabularios
enfrentada con el reto de detonar la salva que inicie el ir y venir
de ideas que, en estos días, nos ocuparán. Agradezco
a Mayrim Cruz-Bernal, a las organizadoras de este encuentro, al Instituto
de Cultura Puertorriqueño y al Museo de Arte de Puerto Rico Estas
últimas semanas han sido difíciles para mí. De imprevisto tuve que viajar
a Nicaragua a cuidar a mi padre de 88 años durante una operación. Hace
apenas cuatro días que regresé a Los Angeles para volver a salir para
acá ayer. Tengo dos hermanos varones pero ninguno de ellos estaba en
capacidad de asumir esta emergencia. Supongo que muchas de ustedes habrán
tenido esta experiencia y enfrentado el asombro de ver lo inadecuados
que se vuelven los hombres para lidiar con las enfermedades o el dolor.
Estas semanas pues, si bien no han sido propicias
para sacarle brillo a estas palabras, sí que me han hecho reflexionar
sobre las capacidades que tenemos las mujeres para lidiar con las dificultades,
para mediar en las familias y para tomar decisiones sin que nos tiemble
la mano. Estas
reflexiones nacidas de la vida cotidiana y de la experiencia personal
se han venido a juntar con otras más teóricas pero no menos urgentes
que me han venido persiguiendo en estos últimos meses. Julia de Burgos
me dio dos versos “Casi no puedo con el mundo Puesto
que nací después de las dos grandes guerras mundiales, no recuerdo en
lo que tengo de vida otra época más angustiosa para la humanidad que
la que estamos viviendo. Por un lado, somos la primera generación que
tiene que enfrentar la realidad de que nuestro planeta es finito y de
que ya empieza a acusar síntomas de desgaste preocupantes. Por el otro,
estamos asistiendo al renacer de un belicismo que, después del fin de
la Guerra Fría, parecía que sólo se expresaría en conflictos de menor
escala producto de procesos de liberación nacional no resueltos. No
era que las guerras hubiesen desaparecido en el mundo: treinta y tres
guerras se libraban en distintas partes del planeta antes del
11 de Septiembre, pero no hay duda que al caer las Torres Gemelas,
no sólo en Nueva York se abrió ese Espacio Cero. La cuenta progresiva
de la humanidad sufrió un retroceso violento. El mundo entero pareció
entrar en ese espacio cero. De esperar que el fin de la guerra fría
trajera nuevos tiempos ocupados en resolver el hambre y los desequilibrios
en el desarrollo mundial, pasamos a enfrentarnos con un mundo donde
la violencia ha tomado otra vez la delantera y donde la guerra, esta
vez caliente, ha sustituido al diálogo y la distensión y se ha convertido
en el medio favorito para dirimir conflictos y hasta para prevenir
peligros intuitivos. Gobernados por cruzados conservadores que parecen haber encontrado en los ataques de Septiembre la justificación para librarse de todos sus demonios reales e imaginarios, los Estados Unidos, han decidido redibujar el mundo. Destruyendo, como acaban de hacer en Irak, piensan hacerlo más seguro y salvarlo de sí mismo.
Hemos entrado pues, abruptamente, al reino de la testosterona, con el país más poderoso y mejor armado del mundo dispuesto a “ponerse, como quién dice, los pantalones” y el cow-boy Bush saliendo, como en una película del Oeste, de la cantina con una pistola en cada mano disparando a quien encuentre mal parado en la calle central de este ancho mundo que habitamos. ¿Y
ahora quién podrá defendernos? como dice Chespirito, en su programa
de TV, el Chapulín Colorado. ¿Y qué tiene esto que ver, dirán ustedes, con
mi reflexión inicial de la enfermedad de mi padre y la capacidad que
tenemos las mujeres para las situaciones difíciles? En las encuestas que se hicieron a raíz de la
guerra de Irak en Inglaterra y otros países, las cifras indicaban que
las mujeres nos oponemos a la guerra mucho más que los hombres. Esto
no es casual. Las estadísticas demuestran que las mujeres y los niños
conforman la mayoría de sus víctimas. En la II Guerra Mundial, por ejemplo,
el 65% de todas las bajas fueron mujeres y niños. De los 27 millones
de refugiados por conflictos bélicos que hay en el mundo, el 75% son
mujeres y niños. ¿Será que llegó la hora para formar los Comandos
del Estrógeno e ir a echarle todas esas hormonas que nos dan para la
menopausia a los suministros de agua de todas las ciudades del mundo,
para que los hombres y hasta las mujeres que han confundido el feminismo
con la agresividad, se dulcifiquen? Quizás no sea tan fácil acabar con la violencia,
aunque la idea esta del estrógeno me encanta desde hace ratos, pero
estoy convencida de que nunca antes la humanidad ha necesitado tanto
de la imaginación femenina como hoy.
El escritor italiano, Alberto Moravia, decía que
las mujeres debíamos gobernar el mundo porque la maternidad es incompatible
con la bomba atómica. Yo no sólo estoy de acuerdo, sino que pienso que
de nosotras depende el futuro sin guerras que anhelamos. Hay mujeres que piensan que los comportamientos
y sensibilidades que conforman una “ética femenina” son el producto
de una opresión histórica. Es posible que así sea; que las responsabilidades
que tradicionalmente hemos asumido en un mundo dominado por los hombres
sean las que nos han forzado a desarrollar valores como la conciliación,
la valorización del ámbito privado, la preocupación por el otro, por
las relaciones inter-personales, las emociones y la comunicación. Sean
cuales fueran las razones que han depositado esta sensibilidad en la
mujer, el hecho es de que poseemos, como grupo, una “ética” diferente.
Mientras los hombres están más preocupados por la “universalidad” de
ciertas leyes morales, deberes y derechos; las mujeres valoramos mejor
el impacto directo de los conflictos sobre las vidas particulares de
quienes los sufren. La compasión, la resolución vía diálogo de las confrontaciones
no las aprendemos en los libros; las vivimos en el día a día. La ética
de cuidar la vida no es para nosotras un concepto abstracto, como puede
ser la patria para los hombres. Tenemos una relación biológica con este
imperativo de la naturaleza porque en la división del trabajo humano,
es a nosotras a quienes nos toca no sólo dar vida, sino protegerla,
alimentarla, ayudarle a alcanzar su plenitud y hasta auxiliar a nuestros
viejos en el camino hacia su fin. Hay un viejo principio socialista originado en
Fourier y en Engels que afirma que el nivel de libertad de las mujeres
es un criterio válido para medir el nivel de humanización de la sociedad.
Podríamos deducir de este criterio que un mundo más humano y armónico
requeriría de la globalización de la libertad femenina. Yo me atrevería
a decir más: Estoy convencida de que el “otro mundo posible” La urgencia de esta misión que, pienso, tenemos
todas las mujeres del mundo En los últimos tiempos, a raíz de los preparativos
de guerra de Estados Unidos contra Irak, hemos sido testigos de la más
grande movilización por la paz a nivel global que se ha visto en la
historia de nuestra especie. Fue hermoso ver las multitudes que se concentraron
en las plazas y avenidas de tantas ciudades del globo. Fue hermoso y
esperanzador, pero hasta cierto punto, fue un impulso tardío, un impulso
que se pareció al de los bomberos que salen a apagar un fuego cuando
ya el fuego se ha extendido y amenaza con consumirlo todo.
Y la verdad es que, si no abordamos los problemas
de fondo de nuestras sociedades, las mujeres y los hombres de buena
voluntad vamos a seguir actuando como apaga- fuegos. Y la solución de
estos problemas de fondo a los que me refiero se nos va a seguir escapando
mientras sigamos sin abordar el mayor problema de fondo de todos que
es el de los valores, de la ética que rige nuestra moderna existencia.
La esperanza a la que podemos aferrarnos es la de cambiar esta ética;
la de darle al mundo otro mordisco de la manzana bíblica. Si bien soy una romántica con carnet, no crean
que estoy siendo romántica al plantearles esto.
Si analizamos la historia del siglo XX, podremos ver algo muy interesante
y es que de todas las revoluciones sociales que se produjeron, ninguna
tuvo mayores consecuencias, ni cambió más el mundo que la revolución
femenina. Cosas fundamentales como el amor, la sexualidad, las relaciones
de trabajo, la intimidad de las familias, el potencial de la humanidad,
se transformaron sustancial y positivamente. La revolución femenina
coincidió en el tiempo con el fin de la guerra del Viet-Nam, el fin
de la guerra fría y la democratización de América Latina. Aunque no
se haya cuantificado su contribución en estos procesos, la más activa
presencia de las mujeres y su nueva valoración social, sin duda dejó
su huella en ellos.
Ahora bien, desde fines de los 80 y a través de
los noventa, ese impulso fenomenal, ese aire libertador que traía el
feminismo, se estancó. El contra-ataque fue despiadado. A las feministas
se nos acusó de todo lo que era posible acusarnos y, bajo el embate
de una ola conservadora, se produjo un repliegue.
El movimiento femenino se desbandó y para sobrevivir
se transformó en un movimiento reivindicativo que se concentró en trabajar
alrededor de ciertos temas específicos. Dejamos de cuestionar de manera
beligerante los valores fundamentales sobre los que siguen funcionando
nuestras sociedades, para convertirnos en especie de “lobbies” para
gestionar un limitado número de derechos. La derecha nos acorraló en
el debate sobre el aborto mientras continuaba con su agenda fundamentalista
promoviendo el regreso a lo que llama “valores cristianos” que, en esencia,
lo que cuestionan son todos los cambios que las mujeres proponíamos
a la sociedad.
No es que no hayamos continuado avanzando. Hay
cantidades de experiencias a lo largo y ancho del mundo que atestiguan
el duro ascenso de las mujeres hacia ese Everest de la igualdad, pero
estas luchas se han tornado pragmáticas, específicas o individuales;
han sido vaciadas de su contenido colectivo y revolucionario, del aliento
heroico que animó las luchas por el voto, la quema de brassieres, las
tomas de revistas de modas o de los concursos de belleza de los Las mujeres nos hemos dividido entre feministas
o no-feministas al faltar ese elemento unificador de una causa común,
al fragmentarse el objetivo de nuestras luchas en pequeñas parcelas.
Una época como ésta con su necesidad de luchar por la paz nos ofrece
una bandera que nadie mejor que las mujeres podemos levantar. La paz
nos compete a todas porque la guerra nos afecta a todas. Y la lucha
por la paz, entendida como la lucha por una nueva ética humana donde
la guerra deje de ser una opción viable, nos presenta un reto lo suficientemente
formidable como para llamarnos a desencadenar todas nuestras energías. Por experiencia sé que grandes retos movilizan
nuestra capacidad de grandeza. Los seres humanos llevamos en alguna
parte de nuestra psiquis En esta empresa, nos compete a nosotras, las escritoras,
volver a imbuir la lucha de la mujer de esas grandes ideas movilizadoras.
Cada una de nosotras conoce el poder de las palabras, el poder de la
imaginación. Hace mucho ya que el lenguaje femenino que articulaba la
filosofía libertaria del movimiento de emancipación de la mujer se volvió
ininteligible para la común de los mortales y se tornó en un lenguaje
de especialistas. Hay que volver a impregnarlo de su profundo y original
hálito liberador, a la vez que se le dota de colores que reflejen la
belleza del porvenir. Hay que delinear el futuro que soñemos con las
imágenes y las visiones más hermosas de que seamos capaces para que
quien lo intuya se sienta poseída por el deseo irrefrenable de hacerlo
realidad. Maestras de la imaginación: En este encuentro
que iniciamos armadas de plumas y pasiones, tenemos hoy más que nunca
la responsabilidad de volver echar a volar las grandes ambiciones que
hincharon las velas de las valientes mujeres que nos precedieron; mujeres
como Julia de Burgos, como Claudia Lair. Es significativo que esta actividad
se realice en el marco del 1º. de Mayo y de
la celebración del fin del calvario de Vieques. Es un buen augurio,
diría yo, porque si unos cuantos pescadores supieron confrontar barcos
de guerra de la marina estadounidense e iniciaron un movimiento que
culminará con la fiesta de mañana, no podemos pensar que nosotras no
saldremos de aquí iluminadas de ideas que nos permitan ir a encender
luces a las distintas geografías que habitamos. Que nos animaremos a
contraponer frente a la falsa “ética” militarista y justiciera, una
nueva ética humanista, multicultural, igualitaria, respetuosa y solidaria.
Una ética que empiece por reconocer que no se pueden andar pregonando
valores como la democracia y la libertad a otros, cuando en nuestro
propio “civilizado” occidente la mitad de la población no goza de las
libertades, ni la democracia porque está abrumada, mal pagada, mal tratada
y sigue siendo ciudadana de segunda categoría. Ya podremos en estos días discutir qué hacer –además
de echarle estrógeno al agua- porque las necesidades son incontables.
Las mujeres de Irak necesitan una fuerza de paz que impida que les vuelvan
a poner el velo; las mujeres musulmanas, en general, necesitan quienes
las secunden, quienes planteen de una vez que en el mundo moderno no
se pueden usar las religiones para justificar el maltrato, el crimen
e irrespeto a la dignidad de las mujeres;
Amina en Nigeria tiene que ser salvada de la lapidación, las
mujeres del Congo de la guerra, las niñas africanas de que las mutilen.
Amartya Sen en un ensayo hace unos años, decía que en el mundo hay cien
millones de mujeres desaparecidas, número que aumenta y que se debe
a la persistencia de la discriminación primitiva en contra de las mujeres. Hay entonces una lucha de liberación pendiente,
que es global y que no puede seguir esperando porque, igual que la lucha
por la paz, es clave para que la humanidad no pierda sus rasgos éticos
y acabe convertida en una monstruosidad. Hace poco participé en la organización de una
lectura de la obra de Aristófanes, “Lysístrata” en Los Angeles, que
cuenta como las mujeres de Atenas y Esparta hicieron una huelga de piernas
cerradas para obligar a sus hombres a firmar la paz. La iniciativa vino
de dos mujeres en Nueva York que armaron un sitio web invitando a mujeres
en todo el mundo a realizar esta actividad de manera simultánea el 3
de Marzo como protesta contra la guerra. El 3 de Marzo se llevaron a
cabo mil cuatro lecturas en un total de 56 países. Fue una idea brillante,
de esas que ahora la Internet pone a nuestro alcance y pensé en esto
por lo que decía el correo de una de estas mujeres promotoras del Proyecto
Lisístrata: “Si crees que no sos suficiente para
hacer una revolú, no has sabido lo que tener un mosquito en la cama.” Para terminar, quiero citar a Virginia Woolf,
en el final de su ensayo “Un cuarto propio”, cuando habla de la hermana
de Shakespeare que nunca existió Y sigue diciendo: “si nos adiestramos en la libertad
y el coraje de escribir exactamente lo que pensamos; si nos escapamos
un poco de la sala común y vemos a los seres humanos no ya en su relación
recíproca sino en su relación con la realidad......si encaramos el hecho
de que no hay un brazo en que apoyarnos y de que andamos solas y de
que estamos en el mundo de la realidad y no sólo en el mundo de los
hombres y las mujeres, entonces la oportunidad surgirá y el poeta muerto
que fue la hermana de Shakespeare se pondrá el cuerpo que tantas veces
ha depuesto.” El futuro es nuestro, compañeras. Pero tenemos
que ganárnoslo, que defenderlo Gioconda Belli Abril, 2003 |