El arte de contar

Poder y expresión de la imagen y magia de la palabra poética que reboza

 

Contradiciendo al gran filósofo de la palabra y el silencio, Walter Benjamín, quien hace casi un siglo en su texto “El cuenta cuentos” sostuviera que el arte de contar ya no era una fuerza presente sino algo distante porque la capacidad de intercambiar experiencias había hecho silencio, Gioconda Belli toma de nuevo el reto de contar en su novela El infinito en la palma de la mano (Seix Barral, 2008), premiada por un jurado de conocedores del arte de contar, fogueados no sólo en la lectura de relatos sino también en su escritura, con el 50avo premio de Biblioteca Breve de Seix Barral.  En ella, Belli torna de nuevo al bell canto de la narración poética contando un cuento viejo, de orígenes, un cuento del ser y del saber, del ejercicio de la inteligencia y del deseo del conocimiento.[i]  Es este el cuento de una expulsión—del ‘desalojo’ de un Jardín—y, a la vez, el cuento de una creación que inaugura la ciencia de la Historia.  Así ficción e historia se (con)funden en este relato.

El Jardín es ese espacio intemporal donde no ocurre nada, donde reina la bienaventuranza, la bien andanza, la sin mudanza.  La historia humana, por contraste, es ese espacio abierto a toda posibilidad, a toda actividad humana.  La Historia con mayúscula, la ciencia del acontecer empieza con la urgencia de un deseo femenino que viene apareado a la prohibición de no probar la fruta del árbol del bien y del mal que se yergue airoso en medio del vasto universo del Jardín, en el centro, y cuyo anverso es, nada más ni nada menos que el árbol de la vida: “Si a él [Adán] el árbol parecía paralizarlo, ella [Eva] apenas podía contener el deseo de tocar su tronco ancho y robusto, dulce y brillante.  Tanta belleza anegándole los ojos…tantos colores y pájaros y fieras majestuosos….Su imaginación se lleno de hojas….Eva sentía el aliento frutal del gran árbol como una iniciación desconocida en su boca, una correntada de vida que se transmitía a cuanto lo rodeaba” (24). 

Belli nos coloca ante el deseo, ese impulso nervioso, casi muscular, ciertamente visceral, que viniendo de los instintos más primarios, como lo ha propuesto a profundidad Sigmund Freud, delata la existencia de una libertad, de una auto-gestión, de una agencialidad potencialmente transgresiva.  En este texto, la agencia viene apareada al conocimiento que es, en principio, ético y refiere, en primera instancia, a la distinción entre el bien y el mal; en segunda, al descubrimiento y goce de la sexualidad, a la diferencia entre hombre y mujer; y en última, a la desobediencia de lo que Jacques Lacan llamará “La ley del padre,’ que es “La Ley,” misma que inaugura y fija por siempre la presencia del Otro en nosotros. El Otro es ese testigo que nos ve sin verlo, nos vigila y nos castiga si desobedecemos, y nos obliga a establecer la distinción entre el bien y el mal a nivel social y ontológico.  

Como todos los padres que este filósofo Lacán augura, éste, llamado Elokim, es severo, castigador, inclemente.  A Eva, “[l]a crueldad de Elokim y de lo que les sucedía la estrujaba sin tregua, dejándola sin ánimo, sin energía para comprender porqué lo hecho merecía los latigazos de fuego que los habían llevado hasta ahí” (70).  Este padre es, además de castigador, voyeur: “De vez en cuando [Adán] se giraba de súbito esperando sorprender al Otro cuya presencia era más leve que el viento, aunque se le parecía.  El peso de su mirada, sin embargo, era inequívoco.  Adán lo percibía sobre la piel igual que la luz inalterable que envolvía constantemente el Jardín y que alumbraba el cielo con un aliento resplandeciente” (18).  Y además Elomkim es ventrílocuo y travestí—habla a través de la serpiente: “[Adán n]o lograba ver aún a la mujer cuando la escuchó.  Se preguntó con quién podría estar hablando…. El tono de la criatura que conversaba con Eva se le hizo vagamente familiar.  Era el tono con el que el se interrogaba a sí mismo sobre los designios del Otro” (25, 27).  Esta es no otra que la imagen del poder cuyas expresiones sólo se parangonan a los totalitarismos y los estados de excepción, de los cuales partía Benjamín, esta vez extrapolados y traspuestos a la divinidad, a un creador implacable que, no obstante, traspasa o metaforiza, mediante la invención de la trasgresión, el don de la creación concebido como divino.  Dice Eva que “[l]a Serpiente se equivocaba pensando que al morder la fruta del árbol serían como Elokim.  Al contrario.  Dejarían de ser como Él.  Se separarían.  Harían la Historia para la que habían sido creados: fundarían una especie, poblarían un planeta, explorarían los límites de la conciencia y el entendimiento.  Sólo ella, usando su libertad, podría darle a Elokim la experiencia del Bien y del Mal que Él anhelaba.  Los había hecho a su imagen y semejanza para que tomaran la creación en sus manos” (39).

La transición entre lo divino y lo humano está marcada en el texto mismo en la tensión que traban la prosa y la poesía.  La poesía es del Jardín y responde a su recuerdo; la prosa pertenece a la Historia.  La poesía es el arte de nombrar y balbucear en un mundo donde impera la imagen; la prosa pertenece a la lógica de los aconteceres, al ‘y después,’ ‘y después,’ ‘y después,’ del arte de contar—lo que en lenguaje profesional se llama diégesis.  La tensión entre una y otra ocurre porque en el tiempo sin tiempo sólo imperan los sentidos del placer: el placer de ver, tocar, palpar, gustar, oír: “Mientras [Adán] miraba, el aire bajo por su garganta y el frescor del viento despertó sus sentidos.  Olió. Aspiró a pleno pulmón.  En su cabeza sintió el revoloteo azorado de las imágenes buscando ser nombradas” (17).  

La sensibilidad es una sinestesia, esto es el arte de transponer y hacer converger sentidos, oír lo que probamos, ver el sentir, paladear colores.  En ese momento no existe la lógica de la causa y el efecto, el evento y sus consecuencias, puesto que la lengua es sólo imagen; no hay analogía (pareceres), no hay genealogías, historias o memorias; no hay ni parangones, ni saberes, no hay contradicciones  Todo se localiza en el mismo plano de lo palpable y el hombre se conoce por el pálpito, palpándose él y palpando las cosas, palpitándose, percatándose de una flexibilidad sin antecedentes, en génesis constante, en pura empiria y en un solo plano, llano y uniforme de un ser en absoluta armonía con el universo.  Adán despertaba de sueños que jamás tuvo; abría y cerraba los párpados como bisagras iluminados por una luz nunca antes vista que hería su pupila, virgen del ver, y así mismo olía y tocaba, señalaba con los dedos, con los ojos, con la boca y conocía al tacto todo en su cercanía virgen sensorialmente aún.  No hablaba, balbuceaba, emitía sonidos que después de la cesura, del corte, formaría en palabras que más tarde nombres serían, y después del desalojo, verbos, acción—prosa.  Mucho después vendría la lengua, la lenguaceria, la algarabía, la anáfora, que describe un verde que te quiero verde, un verde trópico que habla del Jardín con nostalgia, de una imagería que recuerda los primeros momentos de la prosa de Cristóbal Colon al contacto con América. 

La frase corta, la nominalización simple, sin aparente artificio mas en total control sueña para aproximarse a lo primario. El conocimiento es primero un arte adquirido a través de la yema de los dedos; es un conocimiento nervioso, dentro de un canon que forcejea por dar a luz en vínculo desigual la tensión que revela la relación entre poesía y prosa.  Más tarde, después del desalojo, vendrá la escritura, la prosa de la Historia que habla del hambre, de la muerte, las inclemencias, los errores, los partos, el crimen, el incesto, los imponderables humanos que se realizan sólo en un transcurrir de las historias vividas en la Historia, las cuales el mismo ángel de la historia del que hablara Benjamín viera con horror al voltear la cabeza hacia atrás.

Saber contar un cuento

“Y fue”  Esa es la primera enunciación/anunciación de la página que abre el relato. Ese ‘y fue’ tiene algo de premonitorio, de sugestivo, de funesto.  Porque estamos en el pasado aboluto, no en el imperfecto ni en el subjuntivo sino en el simple, de lo que ya pasó y se fue, de lo inevitable.  Pero esa misma intriga que un pasado simple evoca es una estrategia maestra, maestría del que sabe contar un cuento, del cuentista narrador que empieza a narrar el cuento a partir de un final para así despertar nuestra curiosidad y contarnos de nuevo lo que ya ocurrió, otra vez, en un giro que termina y comienza una vez más, uno de los tantos aciertos del arte de narrar.  Si al doblar una esquina, o detrás de una puerta, o en la mesa de al lado de un café oyésemos la frase ‘y fue’ seguramente nos preguntaríamos ‘qué fue’? ‘qué es eso que fue’? intrigados por eso que parece un final de algo que ya ocurrió, de un cuento concluido del que nos interesaría oírlo todo, oírlo de nuevo, otra vez, que alguien nos recontara paso a paso, renglón a renglón eso que fue ya, ahora preterido.  Pero, repitamos, qué es lo que ‘fue’? y lo que fue es primero la creación del hombre y la mujer y, enseguida, la historia de un acto fallido, narrado a orillas de una pareja, de un apareamiento que ya conocemos, de un cuento archi y ultra narrado; la historia de orígenes de un hombre y de una mujer en rebeldía; la historia de la primera pareja mítica, perdida en la lontananza de los tiempos, albergada en los secretos de las bibliografías, escrutinizada y debatida secularmente, la historia de Adán y Eva, la historia de la expulsión, la historia del paraíso. 

‘Y fue’ es una frase contundente, una oración a la que le hace falta su primera parte porque empieza con una conjunción copulativa, ‘y’, cuya función es unir dos pensamientos y por tanto el tiempo del relato tiene que ir hacia atrás pero igual puede hacer el silencio y entramar todo hacia adelante, en un ‘después de’ de lo que aconteció, no en el pasado, sino hacia adelante, en el quehacer de la intriga, de lo que va a pasar y al pasar constituirá a la vez historia y memoria—cuento, relato.  Pero también ese ‘y fue’ implica lo ineludible, algo que tenía que pasar, una condición de certeza esperada, de ‘lo que tenia que pasar pasó,’ de una lógica de eventos, de una casuística que a la vez enfoca algo deseado, hecho, que luego va a entroncar con la premonición, un castigo, una violación a un mandato que termina en desalojo.  Contradiciendo, decía arriba, el dictum de Walter Benjamin que nos pronosticó el fin del arte de narrar porque no existían palabras para nombrar lo insólito, Belli retoma el reto del cuentista para ir a los orígenes de las genealogías humanes, en los que un hombre y una mujer desafían un poder, y no cualquier poder, sino el poder de los poderes, el poder máximo, el poder del universo, de las galaxias, del firmamento, de la creación, del todo, y al hacerlo ellos, al transgredir, se convierten, paradojalmente, en dioses, en tanto que se auto generan ellos a imagen y semejanza del creador. 

Pero para que eso suceda tienen que perder primero todo, perder la eternidad, perder la inmunidad, perder la invulnerabilidad, perder la protección absoluta.  La condición del ejercisio de la libertad es violar la regla, ir contra LA LEY del padre todopoderoso; el premio es el conocimiento, el saber el porqué y el cómo de las cosas, pero sobre todo, la moral, lo ético, saber distinguir el bien y el mal.  Mas, a pesar de todo eso, al desobedecer Eva “sintió en medio de su despecho, la claridad del pensamiento de Elokim extendiéndose dentro del suyo.  Ellos no eran el principio, sino el perfecto final que Él había querido ver antes de animarse a darles la libertad, decía.  Algún día su descendencia emprendería el retorno al Paraíso” (123).  A costa de que?  A costa de que sobre ellos se cierna siempre el reglamento y su violación, de pagar al contado con y en su propia piel, con cuerpo: pagaran porque LA LEY del padre es implacable, severa, sádica, vengativa, inclemente, impía.  Y porque el padre es arbitrario; ha creado esas normas porque sí: “Quizás a Elokim [dice la serpiente, su alter ego] se le confundían los mundos que creaba y olvidaba los designios que imponía a unos y otros” (87).  Sabemos, continúa que “[c]uando se enfurece hace cosas que luego olvida.  Con suerte cuando las recuerda, se arrepiente y las corrige.  Lo que me ha hecho no durara, pero para ustedes el tiempo será largo.  No podrán volver al Jardín….Usaron su libertad” (56). El poder prefiere la pasividad.  “El saber crea inquietud, inconformidad.  Uno cesa de aceptar las cosas como son y trata de cambiarlas.  Mira lo que él mismo hizo.  En siete jornadas sacó del Caos cuanto ves.  Concibió la Tierra y la creo; los cielos, el agua, las plantas, los animales.  Al final, los hizo a ustedes, el hombre y la mujer.   Hoy está descansando.  Después se aburrirá.  No sabrá que hacer y de nuevo seré yo [la serpiente] quien tendrá que apaciguarlo.  Así ha sido desde la Eternidad.  Constelación tras constelación.  Las crea y luego las olvida” (27).  Elomkim olvida todo salvo el castigo, el poder de su LEY.

El tránsito y la cesura entre poesía y prosa

De un paraíso a otro transitan los protagonistas, Adán y Eva, desnudos y descalzos, desvalidos, conociendo el dolor y adivinando a cada instante los nombres de las cosas, sus avatares y sentimiento, al tiento, con miedo y con coraje, con imaginación y con dolor, con hambre y saciedad de luz.  A Eva le es propia la imaginación, el coraje, la curiosidad, el sentido de la perspectiva.  A Adán, la fuerza, la intrepidez, la inventiva de la sobrevivencia.  A una le es dada la virtud de la vida; al otro el de la muerte.  Expulsados por los impulsos irreprimibles de la curiosidad de Eva y su deseo de saber y su perspicacia ante los atributos divinos, el hombre y la mujer son desalojados del Jardín y plantados más allá del abismo, después de la cesura que divide dos mundos, el de la bienaventuranza gozosa y el de la sabiduría, el de la ignorancia de lo ético y el de su conocimiento, el del gozo animal y el del gozo sensual situados todos en el mismo sentido de la diferencia y de la contradicción.

Poco a poco el hombre y la mujer van nombrando y descubriendo experiencias, inventando relaciones, tanteando el universo que a veces es molusco blando, a veces roca hiriente.  Hacen el universo mientras se hacen a sí mismos, se palpan se auscultan, se penetran, se aíslan, se arrejuntas, se distancian hasta que va emergiendo de tanteos y tientos el ser yo diferente al fin pero fundido en la necesidad del día a día, en el pago de réditos contraídos en la nostalgia de haber sido.  Pero desde el castigo, desde ese ‘y fue’ van descubriendo, reconociendo, recreando un mundo en el que lo ético, el discernimiento de la distancia entre el bien y el mal impera y guía la creación de mundo real y poético; de la ficción del mundo y del mundo de la ficción.  Al principio todo es tiento, pálpito, sugerencia, intuicion y por tanto, poesía.  La imagen enseñorea el relato al aproximar sensaciones inéditas nacidas del acercase a y del pensar en.  Al transcurrir la necesidad de nombrar el universo hace emerger la prosa misma que abrazada a lo poético, habla de la lengua y de la creacion del lenguaje que con firmeza o sobresalto, va posesionándose de las cosas, los seres, los frutos, los sentimientos nombrándolos en los albores del ser y en la creación del conocimiento predicado en el desobedecer y el castigar. 

Para alcanzar el paraíso propio, para hacerlo suyo, es menesteres el uso de la libertad, la inversión del conocimiento que permita distinguir uno de otros y más unos y menos otros, y sí a esto y no a aquello.  Pero el conocimiento sólo es irremediable ante el dolor, el hambre, la muerte, todo lo cual el hombre y la mujer van descubriendo porque antes no lo sabían; solo lo sabía él, el que los ve, el que los deja solos, el que paternalistamente accede, acompaña y protege sólo mediante la obediencia absoluta, la prohibición y el castigo inclemente.  En eso consiste La Ley cuando es del Padre.

Ontos = ser; Logos = Razón.  La ontología de la mujer Eva

Notoria es la tensión entre poesía y prosa, dije anteriormente.  En todo el texto hay un enorme esfuerzo poético por encausar y contener lo grande en lo minúsculo, lo trascendental en lo cotidiano y fundirlo en una sola sinestesia que trasmita los primeros momentos del ser/conocer. El tempo lento, el ritmo acompasado, la penetración extensa del placer en cada uno de los ámbitos del cuerpo, en los sentidos, en lo sentido en ella, da la sensación de un hacer el amor entre asunto y palabra, de hacer el amor textual que logra Belli. 

En lo que a Eva concierne, el texto da a luz, alumbra, ofrece una visión, visualiza.  Por ejemplo, cuando ella ve el mundo futuro, el de la Historia, emerger del agua, como en El Aleph de Borges: “Un burbujeo ascendió súbito del fondo y un ojo salido de quien sabe donde abrió su párpado, la miró y al hacerlo le concedió ver a través de su tembloroso cristalino imágenes fascinantes y vertiginosas en las que ella mordía el higo y de ese minúsculo incidente brotaban una espiral gigantesca de hombre y mujeres efímeros y transparentes que se multiplicaban, se esparcían por paisajes magníficos, sus rostros iluminados con gestos y expresiones incontables, sus pieles reflejando desde el el brillo de los troncos húmedos hasta el pétalo pálido de los rododendros” (34).  Es “La Historia, se dijo.  La había visto.  Era eso lo que empezaría si ella comía la fruta.  Elokim quería que ella decidieses si existiría o no todo aquello.  El no quería hacerse responsable.  Quería que fuese ella quien asumiera la responsabilidad” (35).

Todo en Eva se funde hasta hacer indistinguible la diferencia entre lo real y lo imaginario, las visiones de los aconteceres de los aconteceres mismo, a veces descritos con una imagería pedida prestada a la ciencia ficción.  En Eva todo es deseo, curiosidad.  Pero en ella también todo es valentía y reflexión.  El ser de Eva es alumbrar, en el doble sentido de la palabra: dar a luz, concebir en carne y hueso, hacer cuerpo su deseo; y  echar luz sobre lo visto.  Desde el principio, cuando poseída por el deseo, ese impulso nervioso, casi muscular, corriente que da fuerza a la acción, dije ya, la vemos comer de la fruta prohibida, cuando “la dulzura del higo se extendió por su lengua, la carne blanda derramo miel entre sus dientes. El efímero pálpito de espuma de los pétalos blancos que caían del cielo se le antojo materia insustancial comparado con el jugo penetrante, el aroma del fruto prohibido.  Sintió el olor dispersarse dentro de ella.  El placer de las papilas se expandió como un eco en su cuerpo” (43).  Esa sensación gestatoria será la condición del conocer la distancia entre las cosas, explicar la diferencia entre la luz y la oscuridad, el hambre y la saciedad, la muerte y la vida, el tu y el yo.

En el texto de Belli hay instantes fecundos. Alrededor de ellos surgen formas, objetos sin nombre entre los que los personajes se mueven a tientas, inquisitivos y curiosos, persiguiendo una multiplicidad de visiones que se ramifican a su vez mostrando sus honduras.  La vida es el castigo pero también el premio; la historia, prueba y recompensa.  Los frágiles y pequeños cuerpos humanos de Walter Benjamín, se mueven en un campo de fuerzas lleno de presagios funestos, indefensos ante la cólera de un dios amañado, vigilante y sádico, rígido y manipulador, voyerista, e invisible—perversiones todas asociadas al poder.  Mas a esa fuerza se opone la de la curiosidad intelectual que en este texto es mujer. 

La libertad, el saber, la creación son atributos divinos a los que se les resta en la divinidad el dolor, el hambre y la muerte.  El sueño de la historia viene acompañado del coraje de la responsabilidad y la emoción del impulso del deseo y del placer.  Ver emerger de las agua de la imaginación los aconteceres que se sucederán en un instante, aquel en el que uno toma la decisión de sumarse equivale al vértigo del instante en que uno puede preverlo todo, sentirlo todo, imaginarlo todo—el momento del amor hacia uno mismo fundido con el amor por las cosas aunado a  los dones de la libertad y el conocimiento.  Para ella, Eva, la poeta, la filósofa, la atrevida, “[e]sa quizás era la libertad de la que hablaba la serpiente.  Si Elokim los había inducido a usarla para olvidarse de ellos y marcharse a crear otros mundos, el conocimiento, cuanto había sucedido, hasta la expulsión del Jardín, habría sido un regalo y no un castigo; una muestra de confianza de que ellos y cuantos de ellos se desprendieran y habitaran aquellas extensiones encontrarían por si solos y construirían una manera de vivir que los consolara de la certeza de la muerte” (202). 

Walter Benjamín decía a principios de siglo que el arte de contar estaba desapareciendo porque “nunca la experiencia había sido contradicha más contundentemente que la experiencia estratégica por la táctica de la guerra, la experiencia económica por la inflación, la experiencia corporal por la guerra mecánica, la experiencia moral por aquellos en el poder” (84).[ii]  En circunstancias de posguerra, nada, sólo las nubes, decía Benjamín haciendo acopio de poesía, permanecían idénticas a sí mismas y bajo ellas, en un campo de fuerzas lleno de presagios funestos, yacía indefenso el frágil y pequeño cuerpo humano.  No otra cosa podría decirse de la experiencia que sufren los dos protagonistas de Gioconda Belli, Adán y Eva, quienes, después de ser desalojados del Jardín, son testigos de cómo, “[a] pocos metros de ellos, la tierra se abrió partida por un trallazo invisible…. A empellones y crujidos, se desgarraba la tierra escindiéndose como si un invisible rayo todopoderoso la estuviera cortando, cavando un ancho abismo…. El Jardín moviéndose fuera de su alcance, negándoseles” (55);[iii]   Y cuando quieren regresar a él contemplan atónitos frente a sus ojos como “el viento se tornó visible….una gigantesca hoja roja y naranja alargándose y acortándose, restallando a sus pies, más ardiente y terrible que el calor que habían experimentado.  La lengua de fuego se abalanzó sobre ellos inclemente, lamiendo las plantas de sus pies, las palmas de sus manos, chamuscándoles el pelo, fustigándolos…Sin cejar un instante, el fuego fue tras ellos, los empujo inmisericorde por toda la estepa hasta conducirlos hacia la montaña que sobresalía en medio de la formación rocosa” (66-67). 

Jardín de los senderos que se bifurcan, diría Borges.  Si en Benjamín el ángel de la historia ve con horror hacia atrás, contemplando la desolación humana, en Belli mira hacia delante, hacia la creación de la historia misma que hay que transmitir con todas sus proezas y dolores.  Así da cuenta ella, Gioconda Belli, de la posibilidad de la renovación del arte de contar. Y con Eva, su personaje, en cuerpo de mujer que asume las consecuencias de sus actos, que entrega, como toda buena mujer, todos sus bienes por amor y sigue su camino sin inmutarse asevera que “[a]lgún día su descendencia emprendería el retorno al Paraíso” (123).



[i] El jurado estaba compuesto por Rosa Montero, Elena Ramírez, Luis Mateo Diez, Pere Gimferrer, y José Manuel Caballero Bonald.

[ii] Walter Benjamín.  Illuminations .  New York: Schocken Books, 1968

[iii] Gioconda Belli.  El Infinito en la palma de tu mano.  Buenos Aires, Seix Barral, 2008