Palabras de Agradecimiento al recibir el
Premio Biblioteca Breve de la Editorial Seix Barral


 

Muchísimas gracias.


Escribir esta novela, cuyo título proviene del primer cuarteto del poema de William Blake, Augurios de Inocencia, que con misteriosa rima dice:

 

"Para ver el mundo en un grano de arena

Y el cielo en una flor silvestre

Guarda el infinito en la palma de tu mano

Y la eternidad en una hora"

fue para mí una suerte de triple salto sin red. Aunque no soy religiosa, reconozco la historia del Paraíso Terrenal como un mito fundacional de nuestras culturas. Las figuras de Adán y Eva tienen tantas raíces en la imaginación humana que entrar a ese mundo con la idea de encontrar lo que ocultaba –lo desconocido de lo conocido- significó para mí una apuesta arriesgada pero irresistible. El hilo plateado que me condujo dentro del laberinto me llegó por la vía del hallazgo fortuito de una serie de libros apócrifos, libros escritos en la antigüedad pero que, por una u otra razón, no fueron incorporados en la Biblia. Varios de estos libros relataban las vidas de Adán y Eva tras su salida del Paraíso y arrojaban datos fantásticos, que luego vi corroborados en los Midrás judaicos en que los rabinos han hecho sus comentarios a la Tora.  Se afirmaba, por ejemplo, que Caín y Abel nacieron cada uno con una gemela y aunque estaban supuestos a procrear con la gemela del otro, resulto que Caín se enamoró de su propia gemela y que mató a Abel para evitar que éste se quedara con ella. A partir de cosas como ésta y otras que imaginé al  trasladarme mentalmente a ese mundo primigenio, me interné en la historia confiando en que Eva sostendría el hilo plateado y me mostraría el camino de regreso.

 

Así que sin alterar la urdidumbre de la historia esencial, me compenetré con sus protagonistas, hasta que encontré la voz para narrar sus peripecias. Están tan lejos ellos, en la niebla de una historia tan antigua, pero no bien uno se acerca lo sobrecoge la empatía de imaginarlos inocentes, curiosos, probando la fruta, queriendo saber para qué están en ese Jardín donde para nada se les necesita hasta que el mordisco de ella, que es quien decide dar comienzo al tiempo, los catapulta del estado etéreo aquel, al principio de la realidad, donde hay amenazas, frío y hambre pero donde ellos conocen la libertad y se reconocen absolutamente solos y absolutamente responsables del futuro de la especie.

 

Mientras escribía la novela, yo leía todos los días en el periódico las noticias terribles de la guerra de Irak, el sitio que la Biblia designa como el inicio geográfico de la humanidad. Cargada de rabia y pena por el mundo apocalíptico que, según parece, nos empeñamos en delinear, me marchaba a mi cuartito de trabajo a imaginarme a Adán y Eva en medio del Tigris y el Eufrates.

 

Esta novela es pues una puesta en escena de esa primera relación entre un hombre y una mujer que, tras descubrir la vida se dan cuenta de que los han condenado a muerte, que sólo reproduciéndose accederán a un remedo de inmortalidad, y que para sobrevivir tienen que comer y por ende, matar. Es drama pero es también celebración de la existencia, de las diferencias de cada uno y de las posibilidades de crear y evolucionar que son intrínsecas a la naturaleza humana.

 

Un tremendo atrevimiento de mi parte quizás recorrer ese laberinto y por eso, que este jurado extraordinario cuyos integrantes reúnen la gracia de la poesía más profunda, la erudición académica, el periodismo atrevido, la narrativa audaz y hermosa y la lucidez editorial, lo haya encontrado lo suficiente meritorio como para otorgarle este premio, sólo me confirma lo que ha sido un credo en mi vida: que hay que arriesgarse.

 

Y bueno, ganar este premio en el 50 Aniversario de Seix, una editorial cuyos libros reconozco entre los que me hicieron ser lo que soy y llegar a querer escribir sin doblegarle la pluma a la comodidad de lo conocido, me hace sentirme como que me hubiese tocado florecer dentro de un tupido y oloroso ramo de flores.

 

Gracias pues a Seix Barral por su existencia fecunda, por animar a tantos escritores y ahora a mí con este espaldarazo rotundo y gracias a Rosa Montero, a Juan Manuel Caballero Bonald, a Luis Mateo Díez, a Pere Gimferrer, a Elena Ramírez; gracias a Willie Schavelzon, mi agente, quién me animó a seguir escribiendola; gracias a mi hermana Lucía que leyó el manuscrito, y gracias a todos ustedes que están hoy aquí celebrando con nosotros los libros, la invención y los riesgos incontables de la literatura.