Premio Biblioteca Breve de la Editorial Seix Barral
Muchísimas gracias.
"Para ver el mundo en un grano
de arena
Y el cielo en una flor
silvestre
Guarda el infinito en la palma
de tu mano
Y la eternidad en una hora
Así que sin alterar la
urdidumbre de la historia esencial, me compenetré con sus protagonistas, hasta
que encontré la voz para narrar sus peripecias. Están tan lejos ellos, en la
niebla de una historia tan antigua, pero no bien uno se acerca lo sobrecoge la
empatía de imaginarlos inocentes, curiosos, probando la fruta, queriendo saber para
qué están en ese Jardín donde para nada se les necesita hasta que el mordisco
de ella, que es quien decide dar comienzo al tiempo, los catapulta del estado etéreo
aquel, al principio de la realidad, donde hay amenazas, frío y hambre pero
donde ellos conocen la libertad y se reconocen absolutamente solos y
absolutamente responsables del futuro de la especie.
Mientras escribía la novela, yo
leía todos los días en el periódico las noticias terribles de la guerra de
Irak, el sitio que la Biblia designa como el inicio geográfico de la humanidad.
Cargada de rabia y pena por el mundo apocalíptico que, según parece, nos
empeñamos en delinear, me marchaba a mi cuartito de trabajo a imaginarme a Adán
y Eva en medio del Tigris y el Eufrates.
Esta novela es pues una puesta
en escena de esa primera relación entre un hombre y una mujer que, tras
descubrir la vida se dan cuenta de que los han condenado a muerte, que sólo
reproduciéndose accederán a un remedo de inmortalidad, y que para sobrevivir
tienen que comer y por ende, matar. Es drama pero es también celebración de la
existencia, de las diferencias de cada uno y de las posibilidades de crear y
evolucionar que son intrínsecas a la naturaleza humana.
Un tremendo atrevimiento de mi
parte quizás recorrer ese laberinto y por eso, que este jurado extraordinario cuyos
integrantes reúnen la gracia de la poesía más profunda, la erudición académica,
el periodismo atrevido, la narrativa audaz y hermosa y la lucidez editorial, lo
haya encontrado lo suficiente meritorio como para otorgarle este premio, sólo
me confirma lo que ha sido un credo en mi vida: que hay que arriesgarse.
Y bueno, ganar este premio en el
50 Aniversario de Seix, una
editorial cuyos libros reconozco entre los que me hicieron ser lo que soy y
llegar a querer escribir sin doblegarle la pluma a la comodidad de lo conocido,
me hace sentirme como que me hubiese tocado florecer dentro de un tupido y
oloroso ramo de flores.
Gracias pues a Seix Barral por
su existencia fecunda, por animar a tantos escritores y ahora a mí con este
espaldarazo rotundo y gracias a Rosa Montero, a Juan Manuel Caballero Bonald, a
Luis Mateo Díez, a Pere Gimferrer, a Elena Ramírez; gracias a Willie
Schavelzon, mi agente, quién me animó a seguir escribiendola; gracias a
mi hermana Lucía que leyó el manuscrito, y gracias a todos ustedes que están
hoy aquí celebrando con nosotros los libros, la invención y los riesgos
incontables de la literatura.